• Daniela Urzola

Mandy: una pesadilla heavy metal

Violencia extrema y una estética psicodélica le dan vida a Mandy: una historia sangrienta de venganza que, a la usanza de clásicos del género, tiene la fórmula para convertirse instantáneamente en una película de culto.


Mandy (Panos Cosmatos, 2018) DP: Benjamin Loeb

Ambientada en 1983, la segunda película del director griego-canadiense Panos Cosmatos gira en torno a Red (Nicolas Cage) y Mandy (Andrea Riseborough), una pareja cuya tranquila vida en el bosque se ve repentinamente interrumpida por la llegada de un culto religioso y sus secuaces motociclistas psicópatas. Cuando la titular Mandy se convierte en el objetivo del más reciente ataque de esta secta, Red decide ir por cada miembro de la sádica pandilla para obtener la venganza que tanto merece, e inicia un descenso hacia el infierno del que todos seremos testigos.


Reminiscente de los años dorados del slasher, Mandy es, en esencia, un clásico ejemplo del subgénero revenge horror. El filme de Cosmatos sigue los pasos de películas de culto como La última casa a la izquierda (1972) y Escupiré en tu tumba (1978), de las cuales hereda el empleo de una brutalidad cruda y de un obligatorio elemento de choque a la audiencia. Sin embargo, probablemente la referencia más relevante de Mandy sea al revolucionario debut de Tobe Hooper en 1974: La Matanza de Texas. Se trata de una referencia que en ocasiones es directa, como se puede observar en la escena en la que Mandy es atada a una silla en el comedor de la casa donde viven los miembros de la secta, con planos que inevitablemente recuerdan la infame cena familiar en el clásico de Hooper, o en el duelo de motosierra que tendrá Red más adelante, que evoca una escena icónica de la secuela (La Matanza de Texas 2, 1986). Pero incluso más allá de estas similitudes aparentemente obvias, Cosmatos hace un homenaje al clásico desde la esencia misma de la película. Hooper sorprendió al público de su época con una película que era demasiado violenta y sangrienta para ese momento. Ahora Mandy hace lo mismo, pero lo actualiza, resultando en gore fest que supera la alta tolerancia a la violencia que la audiencia ha adquirido con el paso del tiempo y alcanza nuevos niveles de imaginería inquietante y perturbadora.


Arriba: Mandy (Panos Cosmatos, 2018) DP: Benjamin Loeb / Abajo: The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hooper, 1974) DP: Daniel Pearl

Mandy (Panos Cosmatos, 2018) DP: Benjamin Loeb

El primer acto de Mandy arranca con un ritmo lento, mientras la historia se va adentrando poco a poco en un despliegue de violencia que, acompañada de una estética gonzo y una psicodelia inducida por las drogas, genera una doble sensación de desconcierto y horror. Esta violencia exagerada y la alucinante extravagancia visual que la ambienta son intensificadas por dos aspectos formales: de un lado, el uso de colores estridentes en casi todas las escenas, que evoca un estilo similar al del giallo italiano; y, de otro, la música de Jóhann Jóhannsson que, inspirada en los sonidos de géneros como el doom y el heavy metal, crea una banda sonora verdaderamente siniestra y terrorífica. Otro elemento clave de la película, los “Black Skulls” por sí solos tienen el potencial de atormentar el sueño de cualquiera. Una pandilla de moteros espeluznantes que podrían ser sacados de la saga Hellraiser o de una banda de heavy metal -una que, además, tendría el nombre perfecto-, quienes aterrorizan a la ciudad sin razón aparente. La película no da una explicación sobre el origen o la naturaleza de estos personajes. Por implícito que sea -como lo señala Bill Duke en una aparición sorpresa-, no se sabe si hay o no una naturaleza sobrenatural o demoníaca en ellos, ni tampoco qué es lo que los hace buscar la violencia -o qué carajos es lo que beben cuando son convocados-. Todo está abierto a la interpretación y funciona perfectamente de esa manera.


Mandy (Panos Cosmatos, 2018) DP: Benjamin Loeb

Mandy es una pieza que bebe de una gran variedad de referencias sacadas del terror más clásico para crear una película innovadora a partir del homenaje a la tradición. La película de Cosmatos sigue los códigos propios del género, pero los utiliza para llevarlos al extremo más radical posible. Es, además, la redención perfecta de Nicolas Cage, con la famosa “Cage mania” que lo caracteriza en todo su esplendor. Tan inquietante como puede ser, Mandy es una visita obligada para los amantes del género, y es un filme que, sin lugar a duda, ha ganado ya un estatus de culto -y sí, el pun es intencional-.

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