• Daniela Urzola

'Suspiria': Las danzas macabras

Updated: Mar 11


Suspiria (Luca Guadagnino, 2018) DP: Sayombhu Mukdeeprom

Cuando en la Suspiria de 1977 Suzy Bannion arriba a Friburgo, de inmediato se ve inundada por luces de neón que recuerdan a una Kim Novak saliendo de entre la niebla verde en el clásico hitchcockiano. Cuando en la Suspiria de 2018 Suzy Bannion arriba a Berlín, todo en ella y a su alrededor se funde en una gama cromática de marrones, grises y rojos oscuros, que ambientará (casi toda) la totalidad de la película. Es éste quizás el contraste más claro y notorio que establece la propuesta estética de Luca Guadagnino frente al texto original en el que se basa. Una puesta en escena que se opone al expresionismo propio del clásico de Argento para darle primacía al minimalismo en los colores y las formas. Desde este primer aspecto, Suspiria (2018) se presenta como una obra que va más allá de la adaptación para postularse como una nueva lectura, una reinterpretación libre, y una propuesta artística cuyo valor reside en sí misma más que en su comparación con el original.


Suspiria (Luca Guadagnino, 2018) DP: Sayombhu Mukdeeprom

La Academia Tanz en la Suspiria de 1977 es un edificio de color rojo intenso y de columnas doradas, ubicado en medio de un bosque que parece sacado de un cuento de hadas. Por su parte, la Compañía de Danza de Helena Markos en la Suspiria de 2018 encuentra frente a ella el Muro de Berlín. “Seis actos y un epílogo en una Berlín dividida”. Con este título inicia el filme de Guadagnino. Así, desde un primer momento, éste introduce, a la par de su propuesta estética, una apuesta política que ubica la historia en un contexto espaciotemporal específico. “Todo es un desastre”, dice Suzy, “aquel afuera, aquel aquí adentro, aquel que se avecina…”. Y en este momento resulta claro el porqué de sacar a Suspiria de su escenario ficticio y onírico para inscribirla en una realidad histórica tangible. El comentario político de Guadagnino se construye a partir de la correspondencia entre lo que sucede dentro de los muros de la academia de baile y lo que está aconteciendo fuera de ésta, con lo cual éste logra trasponer la fragmentación propia de esa Berlín de la Guerra Fría al enfrentamiento y la lucha por el poder entre dos grandes facciones dentro de la escuela. Las dos brujas, las dos Berlines. Cada una es reflejo de la otra. Es ésta una de las grandes diferencias que establece la versión de Guadagnino con la de Argento. Una que, además, se refleja en esa decisión formal en torno al color.


Suspiria (Luca Guadagnino, 2018) DP: Sayombhu Mukdeeprom

Sin embargo, el que es quizás el aporte más novedoso y significativo de la nueva Suspiria es la manera en que ella incorpora la danza como elemento narrativo y formal. El tema de la danza, que en la Suspiria de Argento servía como un simple detalle del argumento, adquiere aquí un lugar central. Esto es particularmente importante por dos motivos: en primer lugar, a las brujas en la Suspiria de Guadagnino se les ve bailando, en ocasiones desnudas, en otras vestidas, pero en todo caso bailando. Esto no es azaroso, ya que apunta a recuperar un aspecto que es intrínseco a la figura misma de la bruja, de sus rituales y de su resistencia femenina. Pero incluso más allá de lo narrativo, el logro de Guadagnino reside en su manera de tratar la danza como un recurso formal en sí mismo. Uno que le permite establecer un ritmo en el montaje y en los movimientos de cámara, cuyo empleo se ve marcado por el propio movimiento del cuerpo. Aquí resulta particularmente relevante la decisión consciente de Guadagnino de cambiar el estilo clásico del ballet por una danza contemporánea en la que predominan la libertad y la espontaneidad del cuerpo. Los movimientos de cámara varían de acercamientos lentos a paneos rápidos y cambios repentinos que irrumpen una y otra vez para intensificar el drama y la tensión que se va construyendo a lo largo de la película, y que alcanza sus momentos de clímax en las escenas de baile. Y, por supuesto, ninguna secuencia lo ejemplifica mejor que aquella en la que somos testigos del primer acto visible de brujería. En esta secuencia, se observan dos cuerpos en dos lugares diferentes, pero conectados como por arte de magia. Cada paso que da Suzy en el baile que realiza se refleja en ese segundo cuerpo que se contorsiona y se deforma de la manera más brutal. Esto sólo es posible a través de un montaje rítmico e impecable, en el que cada movimiento del cuerpo marca un cambio de plano, y cada paso de baile es a la vez un corte.


Suspiria (Luca Guadagnino, 2018) DP: Sayombhu Mukdeeprom

La Suspiria de Guadagnino tuvo una recepción casi tan dividida como la academia que retrata. Y es cierto que resulta inevitable analizarla sin establecer comparaciones con el clásico del giallo italiano. Sin embargo, Suspiria (2018) es una película que halla su mérito precisamente en cómo se aleja de la propuesta original al mismo tiempo que rinde homenaje a ésta, con múltiples referencias que hacen eco de ella, toda vez que la amplían, dando paso a un sinnúmero de lecturas posibles alrededor de la figura de la bruja –y, por supuesto, de la danza que la acompaña–. La maternidad –“las tres madres” y el gran giro de la película–, el feminismo, la contracultura, la política… todo esto entra en juego para encontrar, a veces de manera simbólica y otras de modo más directo, nuevos niveles de significado en una historia que parecía ya estar contada. La apuesta estilizada y surreal de Guadagnino es ciertamente acertada. Y lo es en tanto nuevo relato. En tanto nueva forma. En tanto nueva obra cinematográfica que, desde la posmodernidad, y casi como por acto de brujería, revive un texto y le infunde un nuevo soplo de vida.

11 views0 comments

Recent Posts

See All